Vida

Líneas divergentes

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Mesa de madera con platos compartidos, vista desde arriba
Foto: Stefan Vladimirov en Unsplash

A lo largo de la vida vamos conectando con diferentes personas, entablando relaciones, y desarrollando amistades. La forma en la que esto sucede va bastante ligada a la fase vital en la que nos encontramos, y no siempre somos igual de selectivos. La tendencia es quizás a ser más selectivos y a tener más control sobre con quién nos juntamos, a medida que nos vamos haciendo mayores, pero eso no significa que amistades de la infancia (o las de una época en la que no influíamos tanto en elegir nuestros amigos) sean menos fuertes o tengamos menos conexión con esas personas.

De hecho, suele pasar al contrario. Hemos compartido nuestra faceta más real y cercana a nuestro verdadero ser con aquellos que compartían nuestra vida de niños. Y a pesar de que en la edad adulta tengamos menos contacto, y nuestros caminos se alejen, siempre hay un apego y una comprensión mayor del otro, edulcorado (o amargado) por la nostalgia.

Eso provoca también que esas personas con las que nos sentimos conectadas a un nivel especial, puedan ser también radicalmente diferentes a nosotros, con visiones totalmente opuestas y enfrentadas sobre el mundo, la política, las relaciones personales, y en general, un completo extraterrestre y una persona que aborreceríamos y odiaríamos si no hubiéramos vivido juntos esa parte de nuestra vida. Hacer una comida o una cena con los antiguos amigos de la escuela o del barrio, es la mejor manera de poder intercambiar puntos de vista enfrentados y que normalmente generarían mucha fricción, y que igualmente todo el mundo vuelva a su casa con una sonrisa y la sensación de que hay que repetirlo más a menudo.

¿Significa eso que el juicio se pierde y no se valora el argumento, sino a la persona? De ninguna manera. El debate existe, simplemente hay algo más profundo que nos une y evita que se rompan los lazos. Es además enriquecedor ver cómo la vida ha llevado a cada uno por caminos diferentes, y un recordatorio de que hay que mantener la mente abierta.

No dejéis que se rompa la cuerda que os une con vuestros orígenes, recordad que en aquellos años nos conocimos y vivimos sin máscaras, y que todo lo que creemos que ahora nos define no es más que maquillaje.